Explorando un mito moderno
«Debido a su simplicidad, los superhéroes son presa fácil para quien quiera revisarlos», confesaba David Mazzucchelli, dibujante que contruyó a dar forma a «el Caballero oscuro», «En 1954, el doctor Frederic Wertham vio en la relación entre Batman y Robin una metáfora codificada sobre la homosexualidad. Primero, recordemos que los cómics de superhéroes se inventaron para los niños, sobre todo chicos. Wertham cometió el error de examinar estos cómics desde un punto de vista de adulto… sin humor.
Así es como lo veo yo: cuando Bruce Wayne era niño, su vida idílica y mimada se rompió en pedazos. Desde entonces ha intentado recomponerla de nuevo. Tiene todo el sentido del mundo que su mejor amigo sea un crio de doce años, porque Batman es un niño atrapado en un cuerpo de hombre. Si hay un cartel de “Chicas no” colgado a la entrada de la Batcueva es porque las chicas son repelentes. Por eso Catwoman es peligrosa, los chicos no están preparados para alcanzar la madurez que ella representa (La serie de televisión avanzó mucho en esta dirección). Los superhéroes están mejor en su propio mundo: un mundo preadolescente. Pese a ser un experimento interesante, quizá no sea muy buena idea aportar demasiada “realidad” al reino fantástico del superhéroe.

Desde que Stan Lee introdujo la ansiedad en el mundo de los superhéroes… No, desde antes, desde que Harvey Kurtzman ironizó sobre ellos en Mad… La pregunta “¿Cómo serían los superhéroes en el mundo real?” ha perseguido a la mayoría de autores durante generaciones. Frank Miller escribió El regreso del señor de la noche de una forma operística fortissima, pero reconoció que mi punto fuerte como dibujante se acerca más a lo convencional. Así que con Batman: Año Uno conseguimos un Batman creíble, anclado en un mundo que reconocemos, pero ¿acaso nos pasamos un poco?
Cuando una representación vira hacia el realismo, cada nuevo detalle desencadena un torrente de preguntas, que exponen aún más lo absurdo del género. Cuanto más “realistas” se vuelven los superhéroes, menos creíbles parecen. Es un equilibrio delicado, pero así es como lo veo yo: los superhéroes son reales cuando están dibujados con tinta.»
Extracto del epílogo de David Mazzucchelli a la edición de 2005 de Batman: Año Uno
Érase una vez, en la vibrante metrópolis de Gotham, un niño llamado Bruce Wayne, nacido en el seno de una de las familias más poderosas y respetadas de la ciudad. Ese niño vivía con sus padres, Thomas y Martha, en una inmensa mansión a las afueras que era la envidia de todos. Cuidado por sus padres y por su fiel mayordomo, Alfred Pennyworth, Bruce creció feliz y tranquilo. Hasta que una noche los Wayne visitaron la ciudad en busca de entretenimiento. Cada versión de la historia difiere en los detalles: algunos te dirán que vieron una vieja película de aventuras, otros que pasaron la noche en la ópera.
Sin embargo, lo que sigue está escrito en piedra. Nunca ha variado, nunca lo hará, porque si lo hiciera esta sería otra historia. Tras salir del espectáculo, los tres se internaron en un callejón oscuro que creían sería un buen atajo. Ninguno de ellos salió de allí. Martha y Thomas fueron asesinados por su atracador. El joven Bruce, que lo vio todo sin poder hacer nada, se convirtió en otra persona. Quebrado por el dolor y la rabia, su mente se escindió para dar a luz a otra personalidad, la de un justiciero enmascarado que atormenta a los criminales de Gotham durante la noche. Bruce Wayne se convirtió en Batman, y los dos han convivido desde entonces.

1. Orígenes
Si nos internásemos en el corazón de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, la trilogía de El caballero oscuro (2005-2012), compuesta por Batman Begins (2005), El caballero oscuro (2008) y El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), lo primero que encontraríamos sería, como mínimo, tres o cuatro cómics. El primero, El largo Halloween (Jeph Loeb y Tim Sale, 1996-97), ha sido mencionado por David S. Goyer, coguionista de Batman Begins, como una de sus fuentes principales de inspiración. El segundo sería en realidad una amalgama de varios relatos relacionados con el villano Ra’s al Ghul, empezando por la etapa de Dennis O’Neil y Neal Adams en los 70, que rompieron con la luminosidad infantil de etapas previas. Y, por último, El regreso del señor de la noche (1986) y Año Uno (1988), ambos escritos por Frank Miller y mencionados por Mazzucchelli (dibujante del segundo) en el texto con el que abre este artículo. Esas dos obras son, sin duda alguna, la génesis del Batman moderno. Aunque nada se transforma de forma tan abrupta como el resumen de la historia nos hace creer, si tuviéramos que trazar el punto en el que Batman pasó de su encarnación pop e infantil (cuyo reflejo paradigmático sería la serie de televisión de los 60) a una visión más compleja y acorde a las inquietudes de la adolescencia y la juventud, ese punto sería la obra de Miller. A partir de ese momento, ningún relato de Batman ha sido capaz de soslayar del todo la oscuridad subyacente en el personaje[1].
Pero lo cierto es que Christopher Nolan, su hermano Jonathan Nolan y David S. Goyer (guionistas de la trilogía) no tenían ninguna intención de evitar esa oscuridad. Más allá de todos los elementos argumentales que toman de los cómics mencionados (la Liga de las Sombras, Talia, la alianza entre Harvey Dent y Batman para acabar con el mafioso Falcone, el doble juego de Catwoman, etc.), lo más importante, lo que separa a la trilogía de Nolan de los trabajos cinematográficos firmados por Tim Burton o Joel Schumacher, es algo que también proviene de los cómics de Miller y (en menor medida) del de Loeb y Sale: una voluntad de “realismo”. Ese mismo realismo entre comillas que menciona Mazzucchelli, un concepto quizá difícil de entender en un contexto como el de los superhéroes, en el que casi nadie parece tener la gripe, dificultades para encontrar trabajo o, simplemente, menos de siete carreras. Sin embargo, un simple ejercicio comparativo, poniendo frente a frente Batman y Robin y Batman Begins, evidencia de qué hablamos cuando hablamos de “realismo”.






«O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en un villano»

La primera película, Batman Begins, es la más cercana a Año Uno. Con esta idea de “realismo” en mente, Nolan y su coguionista David S. Goyer experimentan en busca de un universo que se aleje de las representaciones cinematográficas previas. Lo primero que llama la atención es que el Cruzado Enmascarado no aparece hasta bien avanzada la película. Se trata de una historia de orígenes en el sentido más riguroso del término.
Tres años después, Christopher Nolan volvió a Gotham en El caballero oscuro, en este caso acompañado en el guion por su hermano y colaborador habitual Jonathan Nolan (David S. Goyer es relegado a un puesto de producción ejecutiva que se intuye más simbólico que otra cosa). La película conecta directamente con el final de Batman Begins, en el que Gordon le enseñaba a Batman el comodín de una baraja de póker encontrado en la escena de un crimen y avisaba de una posible escalada de la violencia, una respuesta a la amenaza al statu quo que supone Batman.


